miércoles, 3 de febrero de 2021

¿CÓMO CALMAR UN ATAQUE DE ANSIEDAD EN NIÑOS?

Durante un ataque de ansiedad o una situación de agitación máxima, es posible que el niño se quede paralizado o comience a respirar muy fuerte y transpirar, sin embargo, lo importante es no dejarse llevar por el terror y tratar de tranquilizar al niño en todo momento, transmitiéndole calma, ya que si nos ve nerviosos empeorará la situación, de ese modo, los padres y los educadores pueden reducir el impacto de las situaciones o acontecimientos vitales estresantes que viva el niño. Para ello, podemos hacer lo siguiente:

  • Intenta ponerte a su nivel, mirarlo a los ojos y tomarlo de las manos en caso de que puedas.
  • Ayúdale a hacer respiraciones profundas, para ello debe respirar por la nariz y soltar el aire por la boca, no intentes calmarlo con palabras porque es posible que no te escuche.
  • Darle un abrazo de contención también puede ser útil, por ello, si lo ves muy alterado dale un abrazo fuerte cubriéndolo por completo; la idea es que a través del abrazo puedas transmitirle tranquilidad y seguridad para que se sienta a salvo de nuevo.
No obstante, los niños pueden carecer de recursos para afrontar de forma adecuada situaciones o acontecimientos vitales estresantes o traumáticos. La vivencia de una separación, la muerte de un familiar o amigo, un desastre natural (incendio, inundación, pandemia…), un robo, un accidente, etc. pueden superar la capacidad del niño para reaccionar de forma adaptativa. En estos casos, las personas próximas al niño deberían:

  • Hablar con el niño de todo lo que le preocupa, de cómo se siente. Permitir que se desahogue y exponga todas sus preocupaciones, dudas y sentimientos. Es importante no forzar al niño a hablar de sus sentimientos, sino que debemos estar disponibles cuando él lo necesite.
  • Actuar como modelos de conducta y afrontamiento: los niños aprenden a actuar y a afrontar los problemas imitando y adoptando como propios los modos de actuación de personas cercanas a ellos.
  • Demostrar los sentimientos, no ocultarlos. Tenemos que mostrar lo que nos ocurre, cómo nos sentimos, de una forma natural.
  • Afrontar los problemas, no evitarlos: si el niño tiene miedo a alguna situación es importante que se le anime a enfrentarse a ella. Nuestro cometido es hacer de modelos para el niño: darle ejemplo afrontando la situación primero, sin forzar al niño a que lo haga: de este modo comprobará que estar cerca de ese objeto temido (perro, ascensor, etc.) o en esa situación no es peligroso ni tiene consecuencias negativas.
  • Ayudar a exponerse a la situación de forma gradual: primero acompañado, luego solo, comenzar por la situación más fácil, poco a poco aumentar la dificultad…
  • Felicitarlo por los avances. Es clave ir reconociendo los logros que consigue, y en el caso de no hacerlo no regañarle por ello, sino motivarle para que logre superar las dificultades. 
En otros casos, acontecimientos cotidianos como el nacimiento de un hermano, la entrada al colegio, los problemas con otros compañeros, etc. pueden ser una fuente de preocupaciones para el niño. Los padres, docentes y en general todas aquellas personas con las que el niño tenga una relación más íntima deberían:

  • Comprender lo importante que para el niño es esa situación. No hay que restar importancia a acontecimientos que para un adulto pueden resultar intrascendentes: una pelea con otro compañero, un cambio de profesor, la dificultad en alguna materia escolar, etc. pueden ser lo suficientemente significativas para que el niño se muestre preocupado.
  • Hablar con el niño de todo aquello que teme. ¿Qué es lo que le inquieta? ¿Qué es lo peor que puede pasar?.
  • Adoptar una actitud propicia a la resolución del conflicto o problemas: ¿qué puede hacer el niño para solucionar ese problema?; ¿cómo puede hacerlo?; ¿está en su mano el solucionarlo?... Es importante no adoptar un papel demasiado directivo: el niño debe aprender a solucionar sus propios problemas. Solucionárselos no enseña al niño a ser autónomo, sino a depender de los demás.
  • Interesarse por la evolución del problema. Es recomendable dedicar un espacio a diario para ver cómo se siente y los avances que ha conseguido. Asimismo, a medida que va superando logros, el interés debemos prolongarlo en el tiempo, esto no significa no preocuparnos por el problema, sino ir restándole importancia a medida que el niño supera sus miedos.
  • Animar al niño, reforzarlo por los avances. Es clave ir reconociendo los logros que consigue, y en el caso de no hacerlo no regañarle por ello, sino motivarle para que logre superar las dificultades.
Junto a todo lo anterior, es clave educarlo para potenciar sus recursos personales y ayudarlo a ser una persona emocionalmente eficaz.

Esto sólo son algunos consejos y orientaciones, sí queréis conocer más en profundidad el tema, podéis consultar la siguiente página web.

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